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La crisis y la fiebre del oro generan malaria en venezuela
Sin trabajo en las ciudades, miles de personas se meten a la selva en busca del metal precioso, soñando que se harán ricos. Y se enferman.na Albino, Venezuela.

La decimosegunda vez que Reinaldo Balocha tuvo malaria, a duras penas descansó. Con la fiebre aún sacudiéndose el cuerpo, arrojó un pico sobre su hombro y regresó a trabajar, aplastando piedras en una mina ilegal de oro. Como técnico en informática de una gran ciudad, Balocha estaba mal preparado para las minas, con sus suaves manos acostumbradas a trabajar con teclados, no en la tierra.

Sin embargo, la economía venezolana colapsó en tantos niveles que la inflación había borrado por completo su salario, a la par de sus esperanzas de conservar una vida de clase media. Así que, como decenas de miles de otras personas de todo el país, Balocha llegó a estas minas abiertas y pantanosas diseminadas por la selva, en busca de un futuro. Aquí, mozos, oficinistas, choferes de taxi, graduados universitarios e incluso empleados públicos en vacaciones están cribando en busca de oro del mercado negro, todo bajo los atentos ojos de un grupo armado que los amenaza con atarlos a postes si desobedecen. Además, pagan un precio muy alto: la malaria o paludismo se está enconando en las minas y ha vuelto con más fuerza.

Es que Venezuela fue la primera nación del mundo en recibir la certificación de la Organización Mundial de Salud por erradicar la malaria en sus áreas más pobladas, derrotando a Estados Unidos y otros países en desarrollo en alcanzar ese hito en 1961. Fue un gran logro para una pequeña nación, contribuyó a pavimentar el desarrollo de Venezuela como una potencia petrolera y alimentó esperanzas de que había a la mano un modelo para acabar con la malaria a lo largo del mundo. Desde entonces, el mundo ha dedicado enormes cantidades de tiempo y dinero a derrotar la enfermedad, con el número de muertes registrando una caída de 60% en lugares que tenían malaria en años recientes, con base en la OMS. Pero en Venezuela, el reloj está corriendo al revés.

La agitación económica del país ha traído de vuelta la malaria, extendiendo la enfermedad fuera de las remotas áreas selváticas donde persistió en silencio y la extendió a lo largo de la nación en niveles no vistos en Venezuela desde hacía 75 años.

Con la economía en jirones, al menos 70.000 personas de todo tipo de antecedentes estuvieron llegando en gran afluencia a esta región minera durante el año pasado, dijo Jorge Moreno, prominente experto en mosquitos en Venezuela. Mientras andan en busca de oro en fosas acuosas, el terreno perfecto para los mosquitos que propagan la enfermedad, ellos están infectándose de malaria por decenas de miles. Después, con la enfermedad en la sangre, regresan a casa a las ciudades venezolanas.

Pero, debido al colapso económico, a menudo no hay remedios y es poca la fumigación para prevenir que los mosquitos ahí les piquen y transmitan la malaria a otros, enfermando a decenas de miles más de personas y dejando poblados enteros desesperados por ayuda. Una vez fuera de las minas, la malaria se propaga rápidamente. A cinco horas de Ciudad Guayana, oxidada ex ciudad industrial en auge donde muchos ahora están desempleados y han empezado a dedicarse a buscar en las minas, un grupo de 300 personas saturaba la sala de espera de una clínica en mayo.

Todos tenían síntomas de la enfermedad: fiebre, escalofríos y temblores incontrolables. No había luces porque el gobierno había cortado el suministro para ahorrar electricidad. No había remedios porque el ministerio de Salud no había entregado una sola partida. Trabajadores de salud administraron pruebas de sangre con las manos desnudas porque no tenían guantes. La incapacidad de Venezuela para contener su propio brote representa una amenaza para los países a su alrededor, particularmente Brasil, donde de igual forma hay minas ilegales de oro. Balocha, el ex técnico en computadoras que trabaja en la mina Albino, recordó la primera vez que cayó con malaria”, los “escalofríos eran como si estuvieras tendido entre dos bloques de hielo”. Sin embargo, él se volvería millonario aquí, bromeó, y un día se dirigiría a Europa… con una mujer latinoamericana, agregó. Suspiró, viendo al cielo.

“En la mina, la felicidad es sólo temporal”, concluyó

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